sábado, 17 de octubre de 2015

SuperTRAMP ...Child of vision. "héme aquí, soy yo" AustEROS : Rethinking Learning in the Age of Digital Fluency by @heyjudeonline







El hombre que encuentra su felicidad y su equilibrio en el empleo de una herramienta convivial, yo lo llamo austero.


El hombre reencontrará la felicidad de la sobriedad y de la austeridad reaprendiendo a depender del prójimo, en lugar de hacerse esclavo de la energía y de la burocracia todo-poderosa.


Una sociedad dónde cada cual fuese lo que es suficiente sería quizás una sociedad pobre, pero sería sin duda rica en sorpresas y libre.


Ivan Illich [Juan Sánchez Cotán: bodegón del cardo (1602). Museo del Prado]

Judy O'ConnellHOy traemos a este espacio ... una propuesta  que me ha hecho pensar en un tema de SuperTRAMP (la educación de control social de los estados y  ONU y Mayors -MIT-telefónica-Google-Facebook-Apple ..  la gran trampa) ... "Child of visions"  vía slideshare de Judy O'Connell
    • Sydney,NSWAustralia
  • Senior Lecturer, Faculty of Education
  • Education
  • Love learning and teaching about Web 2.0 and Library 2.0 - as well as reading books!


“Este libro está dedicado a una minoría; quizá no haya nacido aún aquellos a quienes va dirigido. Ésos tales serán los que comprendan mi Zaratustra. ¿Cómo me voy a mezclar yo con aquellos autores a los que ya hoy se les tiene en cuenta? Sólo un futuro remoto me pertenece. Hay quien nace póstumo.
Sé muy bien qué requisitos han de reunir los que me pueden entender; quienes los poseen me han de entender necesariamente. Sólo para soportar mi austeridad y mi pasión han de ser honrados hasta la dureza respecto a las cosas del espíritu. Han de estar habituados a vivir en la cumbre de los montes, a ver bajo sus pies toda esa despreciable charlatanería de hoy relativa a la política y al egoísmo de los pueblos. Han de haberse vuelto indiferentes; no han de preguntar nunca si la verdad es útil, si puede llegar a convertirse en una fatalidad para alguien. Han de sentirse gustosamente fuertes ante problemas que hoy nadie se atreve a afrontar, valientes ante lo prohibido, predestinados a entrar en el laberinto. Han de haber experimentado la más profunda soledad; han de tener unos oídos nuevos para escuchar una música nueva, unos ojos nuevos para vislumbrar lo más lejano, una conciencia nueva para captar verdades que hasta hoy han permanecido sumidas en el silencio. Y una voluntad de obrar de gran estilo: concretar toda su fuerza, todo su entusiasmo, el respeto a sí mismo, el amor a sí mismo, la libertad más absoluta frente a sí mismo.
Sólo ésos tales son mis auténticos lectores, los lectores que me están predestinados. ¿Qué me importan los demás? Los demás no son más que humanidad, y hay que superar a la humanidad en fortaleza, en altura de espíritu y en desprecio.”
Friedrich Nietzsche . Prólogo "El Anticristo" 

Pero volvamos a nuestro tema principal. Hay dos maneras completamente diferentes y, creo, irreconciliables de interpretar el actual atolladero. En mis escritos de los años sesenta y setenta, evocaba la modernización o profesionalización del cliente, buscando mostrar cómo éste forma su percepción de sí mismo interiorizando, por ejemplo y para decirlo un poco rápidamente, el sistema escolar: nos clasificamos y nos dejamos clasificar por otros en función del punto de la curva que hemos obtenido. De igual manera se interioriza la necesidad de salud y de cuidados afirmando el derecho al diagnóstico, a los analgésicos, a los cuidados preventivos y a una muerte medicalizada. También, una vez interiorizado el automóvil, trabamos nuestros propios pies y tomamos el volante para la menor compra en el supermercado.
Después, en los años ochenta, al comprender que la gente estaba más absorbida o integrada al sistema de lo que al principio vi, evolucioné hacia otro punto de vista. No era una simple sutileza. Un estudiante que triunfa como un individuo que ha ingerido los postulados del sistema educativo, se reconoce como un productor-consumidor de saber –un ciudadano, de alguna manera consciente de ese privilegio y capaz, reivindicando ese derecho, de justificar que ese sistema se extienda a todos–. El que se dejó inocular la necesidad de aliviar su dolor, de escapar a las anomalías físicas y prolongar su vida, se veía al menos como portador, en sus relaciones con las grandes instituciones, de la idea de que podía servirse de ellas para la satisfacción de sus propios sueños o necesidades. Pero ¿quid de ese que ha sido ingerido por completo por el mundo concebido como sistema, representado o vuelto presente en su imaginación a través de una secuencia discontinua pero seductora de “visiotipos”? Para ese, la opción de un compromiso político y el léxico de necesidades y derechos que tuvo su auge en los años sesenta y setenta pierden cualquier pertinencia. Todo lo que todavía podemos esperar es que nos deshagamos de esos glitches –me parece que así se les llama en la teoría de la comunicación– o adaptar de manera más flexible las entradas y las salidas.

En los años sesenta se podía hablar también en términos plausibles de “la secularización de la esperanza”; la sociedad perfecta, el futuro ideal, el más allá del horizonte despertaban todavía un deseo, la gente se sentía todavía parte de un poder. Pero sin esta apertura, hablar de una responsabilidad histórica o moral no rima con nada: esa responsabilidad sólo se extiende a aquello sobre lo que tengo de una u otra forma poder. El discurso de los años sesenta reflejaba la fe de la gente –aunque fuera puro cuento– en el poder de las instituciones y en su propia capacidad de participar en ellas: los que estaban investidos de un poder podían todavía experimentar una fe, aunque profundamente secularizada, en el desarrollo, el mejoramiento, el progreso. Por el contrario, en esta nueva era, el tipo humano –de ello estos últimos años los he encontrado llenos– es un individuo que, cogido por uno de esos tentáculos del sistema social, ha sido tragado por él. ¿Cómo podría participar todavía del advenimiento de alguna esperanza? Sorbido por el sistema se mira como un subsistema –con frecuencia como un sistema inmune, es decir, apto para mantener un equilibrio provisional a través de cualquier cambio en su entorno–. Y cuando un hombre así busca expresar su conciencia de sí, es particularmente atroz escuchar su extravagante discurso sobre la vida como un subsistema capaz de optimizar su entorno inmediato (ahí reconocemos la hipótesis Gaya).5

 Tratemos de simplificar. Tú tienes hijos y un día me confesaste que te costaba mucho trabajo comprender lo que les atrae tanto de la ropa de marca: ¿por qué llevar una camisa con un icono? Yo tengo para mí que es una manera poética mediante la cual la persona quiere significar que el sistema se la ha tragado, que necesita un icono que pueda tocar cuando quiere obtener algo, aunque sea la atención de otros. Eso es precisamente lo que debo comprender si quiero practicar, sobrepasando a Buber,6 la relación Yo-Tú: hacerle frente, estar delante de tu pupila, de la propia visión de mí mismo que tú tienes, que me hace real –esta relación, de la que quiero plantear el fundamento intelectual de una práctica ascética que la estimule–. Por supuesto, se trata de un par de canales distintos a los del filántropo romántico de otrora, a los del social demócrata de hace poco o a los de los ecologistas de antaño, para quienes el ego no se definía mediante un icono; necesitamos enfrentarnos hoy en día con el hombre de nuestro tiempo, del género que coloca un icono en su pecho y afirma perentoriamente: “Heme aquí, soy yo”

La era de los sistemas Por Iván Illich
Conversación con David Cayley Traducción de Javier Sicilia
 Durante varios años, Iván Illich se reunió a conversar con David Cayley. Después de su muerte, Cayley editó y publicó aquellas conversaciones bajo el título de un poema de Paul Celan: The Rivers North of the Future (House of Anansi Press, Inc., Toronto, 2005). De ellas hemos elegido la que le dedicó a la era de los sistemas, como Illich definió la era que comenzó con el nacimiento de la computadora. La traducción de Javier Sicilia no está hecha de la edición en inglés sino de la traducción que Daniel De Bruycker y Jean Robert hicieron para Francia.
(leer más...) Fuente: [ slideshare ]

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